Las personas hablan, las cicatrices quedan

cicantrices2Cuántas veces te molestas con un ser querido y comienzas una discusión…

Si bien es cierto que muchas personas afirman que “las palabras se las lleva el viento, lo importante son los hechos”, debemos tener cuidado con lo que decimos.

¿El amor desaparese?

Tú, sabes que amas a esa persona, pero en el momento, parece que el amor no se hiciera presente. Uno admite las cosas que lo han lastimado, se descarga con el otro. El hecho es que solemos saber cuáles son las cosas que hieren en lo profundo a quien conocemos y amamos; y sin pensarlo, en una discusión, utilizamos esas nociones para llamar la atención de la persona. Con ese simple acto, pocas palabras, puedes generar algo, que aunque no haya sido tu intención real, lastime a la otra persona y no lo pueda olvidar.
Una vez me ocurrió eso con mi madre, en una discusión le dije algo que solía disgustarla, luego me di cuenta del peso emocional que eso tenía, pero las palabras ya estaban dichas, fue cuando ella me contó una pequeña historia que impactó en mí, eso me ayudó a pensar antes de hablar, y por eso, quiero compartirla contigo:

Simple, impactante historia:

Había una vez, un padre y un hijo que solían discutir mucho. El chico solía ser muy hiriente con los comentarios, sabía qué cosas afectaban a al padre. Un día, el padre le dijo:
–Hijo, te voy a pedir un favor. Cada vez que no estemos de acuerdo en algo y se genere un enfrentamiento, claves un clavo en la puerta de tu cuarto. Martíllalo con fuerza, y déjalo allí hasta que yo te diga.
El chico, sin entender mucho, lo hizo. Muchas discusiones se dieron en un el tiempo. El padre se acercó al muchacho y dijo:
–Ha pasado un tiempo desde que estás martillando tu puerta. Quiero que hoy, intentes sacar cada clavo y juntos veamos qué ocurre.
Empezó a quitar los clavos y se dio cuenta de que necesitaba mucha fuerza para lograrlo, porque fue fácil martillar duro para dejarlos, pero difícil poder sacarlos.
–¿Sabes?, así de difícil me resulta olvidar cada discusión que tenemos; pero… continúa, por favor.
Pasaron horas para que el chico pudiera terminar, de hecho, había tantos clavos, que no pudo quitarlos a todos.
–Hijo, ¿puedes ver? La pared está llena de agujeros, así es como queda el alma de cada persona cuando siente que le han “martillado” una parte que duele. Es muy fácil decir cosas hirientes, también lo es arrepentirse, pero es difícil borrar las palabras y casi imposible sanar las heridas.
Espero que la moraleja nos haga reflexionar a todos, y entendamos que también podemos estar en el lugar de la puerta. Un momento de reflexión antes de hablar, es una herida menos para sanar.

 

Si te ha gustado hay muchos más impactantes artículos: